reflexión. ¿inútil?

Las horas más largas del tiempo las tenemos entre los dedos. Se escurren. Como siempre ha hecho el tiempo. Y las miramos con los ojos muy abiertos, como cuando nos sorprende encontrar en el espejo nuestro rostro envejecido, de golpe, tras años de no observarlo. Nada duele más que sabernos presas de la vida y de la muerte. De ese carrusel de feria barata, de pueblo en el que nos hemos montado sin quererlo ni pedirlo. Suspiramos, sollozamos, nos encajamos en el cuerpo y en el alma heridas gratuitas. La negación eterna, incongruente, de este ir y venir sobre la tierra que tal vez no tiene un sentido. Se lo damos, por supuesto. Nos urge dárselo. Sin él, quizás sería insoportable todo esto. La conciencia de nuestra efímera existencia es el peor castigo que los dioses nos han impuesto. Quién sabe por qué pecado.

Y vivimos. No tenemos otra opción. Ni siquiera el suicidio. Porque eso es sólo cumplir con el designio inamovible que nos cerca a esta tierra. Nos gustaría tener otro rostro, otro cuerpo, otra cabeza que pensara en cosas diferentes. Una gigantesca neurona, tal vez, que sólo se preocupara por hacer que los órganos se movieran como deben hacerlo. Como lo hacen sin que siquiera lo pensemos.

Nos enfrentamos a la muerte en diferentes momentos de nuestra vida. Unos antes y otros demasiado tarde. Pero cuando la vemos revolotear alrededor de nuestras cabezas como un zopilote hambriento, es cuando entendemos qué es lo que significa estar vivos. El tiempo se vuelve corto, demasiado. Y a los que hemos desperdiciado nuestra vida en gestos inútiles, nos pesa ese dejarlo ir más que cualquier otra cosa nos ha pesado nunca. Somos entonces presas fáciles de la desesperación, la angustia, la desazón callada que va minando las resistencias de este fuerte que hemos levantado para proteger nuestros débiles cuerpos de los embates de virus, bacterias y golpes secos, sordos. De esos golpes que no se notan por fuera pero que por dentro destrozan todos los órganos.

¿Y qué podemos hacer? Nada. Absolutamente nada. En la piel se acumulan los años transcurridos, en el cerebro se amontonan experiencias, en las uñas se establece la mugre como un habitante indeseado. Y nadie se preocupa en realidad por desalojarla. Nos gustaría ser más fuertes cuando cae sobre nosotros el ataque del entendimiento. Pero aunque no lo seamos, poco a poco, como una costumbre adquirida de manera inconsciente, vamos incorporando a nuestro aprendizaje las lecciones.

¿Por qué nos da tanto miedo morirnos? ¿Por qué nos duele de manera tan atroz la muerte de quienes queremos? ¿Será que no hemos comprendido que en la ruleta siempre sale nuestro número, tarde o temprano? No morir debe ser peor aunque en este momento suene tan apetecible. Ya los ancianos nos lo han dicho. Ellos, los que se cansan y abandonan las ganas de vivir en un rincón para marcharse solos hacia lo más tupido del bosque y descansar, por fin, de la interminable marcha de la existencia.

Busco metáforas.

A veces me parece que una jitanjáfora de las de Alfonso Reyes es lo único que permitiría encontrar la razón, la verdadera razón de nuestra presencia aquí. Quisiera entrar en esa enorme biblioteca de Borges donde están todos los libros que se pueden escribir con las veintisiete letras de nuestro abecedario. Los veintisiete símbolos de nuestro pensamiento. Tal vez en ese lugar, al final de un pasillo largo y mal iluminado, en un estante de madera apolillada y humedecida por viejas tormentas, está ese libro que contiene todas las respuestas. Y quizá la respuesta no es lo que yo estoy esperando. Existe la posibilidad de que no haya un sólo sentido que buscar. Ninguna contestación contundente. Probablemente se trata de un libro con puras letras a.

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