Tal vez.

No lo sabes. Nunca lo supiste. Estabas metido en un agujero del que no encontrabas la salida a pesar de tenerla enfrente. Creías que era necesario subir. Buscaste las escaleras con ansias, perseguiste una rampa que te llevara hacia esa luz que no veías pero podías imaginar, tan brillante y fuerte como dicen que es la de la muerte, aunque nadie haya podido regresar para contarlo. Diste vueltas y más vueltas alrededor de una idea inasible. A veces, en las noches de insomnio, cavaste más aún el agujero en que te encontrabas para hallar otra salida imposible, la que creías que se anunciaba en la profunda huída. Y nada. Nunca la viste. Ahora que ya no te está permitido salir, te das cuenta de que la puerta siempre estuvo ahí, a tus espaldas. De que no tenías más que extender la mano para hacer girar la llave y abrir de una vez por todas. No importa. Ya nada importa. Tratarás de sobrevivir, porque es lo que uno debe hacer, la ley natural, el dictado de los sentidos, la obligación del instinto. Pero nada más. Te irás callando poco a poco. Como si nunca hubieras pronunciado palabra alguna. Te revolcarás en ese piso que siempre fue un apoyo para tus débiles pies. Gritarás en silencio. Gemirás como la presa herida por las fauces del león hambriento. Le rezarás a un dios que ya se ha olvidado de ti. Sucumbirás a la tentación de los silencios, de la tristeza, de la indiferencia. Y así. Pasarán tal vez unos años, unas horas, unos minutos. El tiempo deja de importar cuando no tienes que llegar a ninguna parte, cuando todos los destinos dejan de tener sentido porque sabes que no te es posible alcanzarlos. Morderás el polvo, como todos, pero ni siquiera sabrás que lo estás haciendo. Bajo una lluvia inexistente se te mojará el cuerpo de todas las lágrimas que nunca pudiste llorar. Y entonces, en medio de la más profunda soledad, te irás desvaneciendo. Te irás arrugando. Te irás convirtiendo en un recuerdo que nadie tiene en la memoria. Lo sabrás todo. Comprenderás todo. Y te fumarás el último cigarrillo frente a un aburrido pelotón de fusilamiento que, ya sin balas, ensayará una y otra vez el disparo que, quisieras, terminara con todo de una santa vez y para siempre.

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