Fragmento de atardecer.

Volaba. Caía como piedra hacia el fondo de un pozo vacío. Con la luz a las espaldas, cada vez más lejos, y el oscuro lecho enfrente y sin llegar.

Vagaba por el malecón mientras las olas acompañaban sus pasos. La luz de todos los atardeceres que había visto en la vida parecía concentrarse en el que sucedía en ese momento. Sol, nubes, el horizonte plano del mar, el filo de luz anaranjada en el borde de las cosas, los reflejos danzando sobre el agua teñidos por una fina capa de azafrán. Y el constante y repetido ronronear del agua, como el ralentí de un taxi en espera de pasajeros inexistentes que jamás llegarán a tiempo.

El gozo de la soledad es infinito cuando ya no te quedan recuerdos por evocar. Cuando la persistencia absurda de la memoria termina por aburrirse de llamar a la puerta y que nadie abra. El timbre suena con desespero y su tono agudo se confunde con el de ese grupo de gaviotas hambrientas que planean alrededor de dos pesqueros viejos allá lejos, cerca del muelle. Quiere llover un poco en el aroma húmedo del viento pero no caen las gotas, como cuando intentas llorar pero ninguna lágrima se anima a descolgarse del párpado. Son las siete cuarenta y cinco en algún lugar del mundo, se dijo, pero no aquí. Porque las horas que marca este reloj no tienen razón de ser ya más. Ya nunca. Ya para qué.

No importa el tiempo cuando caes a un pozo.

You may also like...

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *