Reflexión inutil de fin de año.

Termina el año. Es difícil hacer un buen balance de un año como éste en el que tantas y tantas cosas han ocurrido. No sólo en nuestra vida como sociedad (mexicana y mundial) sino en las vidas personales de cada uno de nosotros.
Para mí fue un año muy difícil. Lo más duro fue la muerte de mi madre, algo que no nos esperábamos (claro que la muerte, aunque siempre esté presente agazapada detrás de una puerta, nunca es esperada) pues ella fue siempre la fortaleza personificada. Cuando leí lo que le escribí el día de la misa que celebramos por ella, algo que me llamó mucho la atención fue darme cuenta de que en realidad la tuve, la tuvimos, prestada durante muchos años. Cuando ella era más joven y mi hermano y yo éramos unos niños, le descubrieron un cáncer de esos que son más bien una sentencia de muerte. Ella se rebeló ante el diagnóstico que le daba sólo unos meses de vida y persistió acá durante más de treinta años. Fue un regalo. Tanto para nosotros como para ella. Pudo vernos crecer a los dos, disfrutar a su familia, ver nacer a sus tres nietos y gozarlos. Tal vez no tanto como ella y nosotros hubiéramos querido, pero los disfrutó de todas formas. Nos dio mucho. Más que nada, un ejemplo a seguir. Fue una persona inigualable y no lo digo sólo porque haya sido mi madre sino porque dejó una huella imborrable en muchísima gente. Generosa, amable, siempre dispuesta a escuchar, tolerante y humilde. Le entregó su vida a los demás y con ello nos hizo a los demás cómplices de su vida. Esa será la marca que tendrá siempre el 2009 en mi corazón y en mi cerebro, las dos partes de lo que soy ( cuando hablo del corazón no me refiero necesariamente a ese músculo admirable que no deja de moverse mientras vivimos sino al espacio indefinido donde radican mis emociones o donde se generan y que, me parece, está ubicado en algún lugar del estómago, ahí donde se sienten mariposas cuando te enamoras).
Pero el 2009 fue muchas cosas más. Fue el año de la epidemia que nos hizo sentirnos como conejillos de indias a merced de unos virus que no podemos ver ni entender ni sentir pero que, amenazantes como un tigre en la oscuridad de la selva, estaban siempre ahí listos para atemorizarnos con sus mordidas silenciosas. Las calles de la ciudad se convirtieron en un cementerio donde era casi imposible cruzarse con alguien que no tuviera, sobre la mitad inferior del rostro, un pedazo de tela azul que, aunque sabíamos que no servía para nada, nos poníamos religiosamente antes de salir a la calle. Las tiendas y los restaurantes cerrados, con pequeñas cartulinas que hablaban de la contingencia sanitaria hechas aprisa, sólo enfatizaban lo precario de la situación en la que nos movíamos. En esas fechas viajé a España y desde el aeropuerto, cuando tuvimos que pararnos frente a los detectores de temperatura que supuestamente ayudaban a controlar el flujo de enfermos, sentí que estaba viviendo una situación de excepción. Me imaginé a mí mismo como el protagonista de una de esas películas de epidemias que tanto explotan nuestros miedos. En España viví la experiencia de subir al metro y ver a gente burlarse de la enfermedad, la gripe mexicana, como anunciaban los periódicos en enormes titulares. Eran las doce de la noche y yo regresaba de ver a una prima mía en el barrio de Lavapies, un lugar fascinante, repleto de gente de todas las etnias, nacionalidades y preferencias sexuales y religiosas. Babel. En el vagón del metro el silencio se vio interrumpido por dos chicas, medio borrachas, que regresaban de una fiesta que debe haber sido monumental. Una de ellas repetía a todo volumen que acababa de regresar de México y que tenía la gripe. Nos estornudaba a todos encima, en son de broma. Estuve tentado de decirle que yo sí venía del otro lado del mar y que con gusto la contagiaría, si eso era lo que ella quería, pero el pudor, esa extraña sensación que muchas veces se apodera de mí e inmoviliza mis miembros, me jugó una mala pasada. Me quedé quieto viendo cómo ellas se bajaban en la siguiente estación y se alejaban, riendo, entre falsos estornudos.
Regresé a México para pasar dos angustiosos meses en el hospital viendo como mamá se iba desvaneciendo poco a poco, despacio, en silencio. Pude hablar con ella y decirle cuánto la amo y todo lo que le debo. Fue un privilegio. Pero llegó el 18 de junio y la máquina al lado de su cama anunció el final con un constante pitido agudo. Desde entonces he vivido en una especie de somnolencia que no me deja sentir mucho el dolor. Me protege. La imagen de su rostro ha hecho acto de presencia en varios de mis sueños y la veo cada vez que camino por los lugares que he recorrido antes con ella. Es doloroso pero, también, una manera de entender que la vida es una especie de regalo que tengo entre mis manos y que no me va a durar mucho. En cualquier momento, con cualquier pretexto, esa señora vestida de negro y que tiene una guadaña en la mano puede llamara a mi puerta y no hay mucho que vaya a poder hacer para evitar que entre. Le tendré que abrir aunque no quiera. Es inevitable.

Los años se acumulan encima de uno y las experiencias van dejando su impronta. Te vas dando cuenta de muchas cosas que nunca hubieras imaginado y, cómo no, disfrutas más cada momento. Como éste en el que escribo.

¿Qué más pasó? Hubo elecciones, crisis económica, trabajo, problemas, deudas, conflictos, risas y muchas borracheras. Lo de todos los años. Tal vez todos los finales de década, como el que estamos viviendo, tengan esa carga fatídica incluida. No lo sé. Mis recuerdos de otros finales de década están medio borrados de mi memoria. Me tocó el fin de milenio. cuando todos estábamos asustados por la inminencia de un error informático que supuestamente iba a causar un caos tremendo que nunca cristalizó. Luego vinieron las torres, las guerras, los atentados terroristas frustrados y los que tuvieron éxito. El narco desatado en las calles de México. Las ciudades en estado de sitio, como Juárez, Tijuana, Chihuahua, Morelia y tantas otras. Vinieron los secuestros y la certidumbre de que nos comenzábamos a hundir en el fango de una realidad injusta que ha provocado mucha pobreza, hambre y un dolor inexplicable que llevamos dentro todos. Todos. Sin excepción.
Ha sido una década en la que el silencio se ha apoderado de mis palabras. Dejé de escribir con la misma frecuencia con que lo hacía antes. Como si las frases se me hubieran secado y no quedara nada por decir. No es cierto, por supuesto. Y espero que esta década que comienza pueda retomar el habla. Lo estoy intentando ahora, por lo menos.
Pero se trataba de hablar del año que concluye mañana. Este año cuya sumatoria es dos. Un número que no es necesariamente propicio pues habla de dualidad, de dos caras que se enfrentan la una a la otra. Comienza un año tres, de protección, de estabilidad. Al fin y al cabo el tres es el triángulo, la figura más estable que existe. ¿O no?
Recién regresé de Colombia. Fue una experiencia grata pues llevé conmigo a mi hija que cumplió 15 años y la presenté a mi familia, la numerosa familia de los Arango. Todos la recibieron con los brazos abiertos y con una alegría que superó todas mis expectativas. Claro que era ella la representante de mamá que mantiene viva la línea familiar.Fue una semana de tener las emociones a flor de piel. Vi a mamá en el rostro de todas sus hermanas. Y me dolió infinito. Pero también comprendí que la vida es así. Que las cosas suceden porque tienen que suceder y, la verdad, agradezco que ella haya sido la que se fue antes y no yo. No porque le tenga mucho apego a la vida ( que se lo tengo, por supuesto) sino porque esa es la ley, el ciclo natural.

En fin. Tengo mucho que recordar de este año. Mucho que llorar y también mucho que sonreír. No todo ha sido malo. Muchos ciclos se están cerrando. Muchas situaciones han llegado al límite y entonces las ruedas de la vida se comienzan a mover en nuevas direcciones. Eso me gusta. Tengo mucho que hacer, muchos lugares por recorrer, muchas aventuras por vivir. Y tal vez por eso fue que me animé a escribir una cosa así para ponerla acá en el blog. Aunque no tenga dibujitos y aunque no le interese a nadie. Una disculpa por adelantado. Sin hacerme la víctima, claro, que ya estoy un poco harto de ello.

Anotación sobre la lluvia.


Llueve. Siempre me ha parecido que las gotas de agua que se desprenden del cielo gris y acerado son mejores que los recuerdos. Su caída incierta, pero a la vez rítmica y coordinada, tiene un efecto relajador sobre el cerebro. Igual que un tafil a media tarde. Siento que ya nada importa. Que mis elaboradas dudas y las complicadas tragedias que invento a cada momento, dejan de ser tremendas frente a ese incesante chipichipi que recubre con su aroma frío y húmedo la realidad entera. Salgo a la calle. Me gusta caminar pisando charcos y provocar pequeños tsunamis inocentes que no harán daño a nadie aunque yo los imagine gigantes, devastadores, inmisericordes. La lluvia. La calle se vacía de peatones y sólo quedan interminables filas de coches en el tráfico, uno tras otros, las luces encendidas aunque aún no sea de noche y los limpiaparabrisas moviéndose de un lado a otro en un ritmo similar al del aguacero. Todo es ritmo. Muchos ritmos que se mueven al mismo tiempo en diferentes compases. Un estruendo silencioso que sólo se descubre mirando con atención la ciudad cuando llueve.

Mis pasos son certeros. Cada uno de ellos logra colocarse en el centro del charco o encima de una hoja húmeda, de esas que se van a terminar yendo de la ciudad por las coladeras hasta que estén tapadas. Como la red del drenaje que, debajo de mí, está bloqueada por toneladas de desperdicios, botellas de plástico PVC vacías, bolsas de papas fritas, pelos, cajitas felices de mac donalds, restos de comida podrida por la humedad y recubierta de hongos multicolores que recuerdan los corales del caribe, cajas de cartón despedazadas, cadáveres de ratas, gatos, y perros callejeros; fragmentos de cristal con los bordes afilados para rasgar su rastro por donde pasan, muebles viejos, juguetes despedazados por niños violentos, cientos de baterías de distintos tamaños y voltajes que sudan un líquido viscoso y rojizo, ácido y asesino. Llueve. Se acumulan los desechos, las calles se ven abandonadas y sólo en las esquinas se puede descubrir la presencia humana. cientos de figuras apelmazadas debajo de un toldo verde que parece negro y del cual se descuelgan cascadas que mojan a los débiles, a los que no tienen la fuerza para empujar, meter los codos y hacerse un hueco debajo de la tela protectora. No hay paraguas. Los busco con la mirada pero no encuentro uno solo. Es como si la gente hubiera decidido hoy, bajo esta lluvia tenaz, constante y ruidosa, que no vale la pena aventurarse sin compañía en la calle, que no es necesario explorar el mundo ahora, bajo este torrente de agua ácida que cuando toca la piel deja una huella discreta pero dolorosa, ardiente.

Llueve.

tristeza

Hay veces en que la tristeza se quiere apoderar de mí y se va metiendo, en silencio, por todos los poros de mi piel como una especie de sudor en reversa. No la noto, hasta que ya está completamente instalada y no me queda otra opción más que rendirme a ella y dejar que se proclame dueña, soberana de mi cuerpo, de las sensaciones, de los gestos y hasta del más pequeño e ínfimo de mis movimientos.
Es como si yo todo, completito, estuviera hecho de esa viscosa materia de la que se compone la tristeza.
¿Y la soledad?
Uf.

yo mesmo

podría escribir sobre muchas cosas hoy y probablemente lo haré. Probablemente al terminar este texto me pondré a navegar y a buscar algo interesante que colocar en el blog o bitácora o como-se-llame-esta-cosa-que-escribo. Pero por el momento lo que quiero es dejar que las palabras se apoderen de mí y me lleven hacia donde más les interesa: hacia los párrafos largos y los textos aburridos que se encaraman unos sobre otros. Es una especie de «king of the hill» en el que quien gana es quien más alto llegue y quien se mantenga por más tiempo ahí. me gustaría ganar. Lola, la gata, está en mi regazo, y junto a mi mano derecha, a un lado de la computadora, hay una copa de vino tinto que estoy tomando a sorbos. ese soy yo. Acá estoy. escribo. navego. paso el tiempo. descubro y, por supuesto, me engaño.