uno más y ya. que si no, esto se vuelve un deletreadero de palabras insensatas:

es tan fácil
tan sencillo desbaratarse y terminar deshecho
el cuerpo hecho pedazos contra las rocas
de lo que sea:

acantilados, el muro que divide la frontera, una bala que se perdió en la trayectoria, los químicos descontrolados de un jarabe para la tos, el fuego.

Cigarrillos. Una copa de vino. El celular en silencio para que no estorbe. Una tarde.
La pluma y el papel.
El ojo inquieto.
Las horas que se columpian lentamente en relojes imaginarios. Tu recuerdo.

un cónsul honorario asesinado a media tarde. Cócteles molotov en la cajuela de un vochito

una explosión a deshoras

borracheras de prostíbulo que se padecen de madrugada

un paisaje quebrado por dos edificios.

latas de cocacola vacías en el piso
de dieta

grafitis de segunda uno encima del otro

la prisa en la muñeca

los oídos tapados por haber bajado veloz desde la montaña

una mariposa revolotea alrededor del foco
es poco
lo que sucede.

otro poema, ya que andamos en esto (prometo hacer pronto un libro)

horas largas de ásperos sonidos
en la cabeza,
ecos infinitos de una sola sílaba

nos comportamos como animales que no saben si van a estar vivos al final de la próxima jornada.
en la cabeza nos danzan monstruos que algunos aprenden a domar pero que a otros,
a los demás,
como leones enjaulados que no han comido en varias semanas: nos acorralan.

y el tiempo
el tiempo
el tiempo transcurre inexorable,
monótono,

siempre idéntico a sí mismo como un eco que no baja de volumen por más paredes que lo confronten

como la imagen de las torres que se derrumban
una
y otra vez
en la pantalla de un televisor inmerso en la pupila de nuestros recuerdos.

somos los hombres del fin de los tiempos

el sueño de otros hombres que no temían morirse

somos el aire enrarecido de una gran ciudad que se respira apenas

y en la garganta
en los pulmones
en el centro mismo del universo que es nuestro propio cuerpo
se arremolina