Anotación sobre la lluvia.


Llueve. Siempre me ha parecido que las gotas de agua que se desprenden del cielo gris y acerado son mejores que los recuerdos. Su caída incierta, pero a la vez rítmica y coordinada, tiene un efecto relajador sobre el cerebro. Igual que un tafil a media tarde. Siento que ya nada importa. Que mis elaboradas dudas y las complicadas tragedias que invento a cada momento, dejan de ser tremendas frente a ese incesante chipichipi que recubre con su aroma frío y húmedo la realidad entera. Salgo a la calle. Me gusta caminar pisando charcos y provocar pequeños tsunamis inocentes que no harán daño a nadie aunque yo los imagine gigantes, devastadores, inmisericordes. La lluvia. La calle se vacía de peatones y sólo quedan interminables filas de coches en el tráfico, uno tras otros, las luces encendidas aunque aún no sea de noche y los limpiaparabrisas moviéndose de un lado a otro en un ritmo similar al del aguacero. Todo es ritmo. Muchos ritmos que se mueven al mismo tiempo en diferentes compases. Un estruendo silencioso que sólo se descubre mirando con atención la ciudad cuando llueve.

Mis pasos son certeros. Cada uno de ellos logra colocarse en el centro del charco o encima de una hoja húmeda, de esas que se van a terminar yendo de la ciudad por las coladeras hasta que estén tapadas. Como la red del drenaje que, debajo de mí, está bloqueada por toneladas de desperdicios, botellas de plástico PVC vacías, bolsas de papas fritas, pelos, cajitas felices de mac donalds, restos de comida podrida por la humedad y recubierta de hongos multicolores que recuerdan los corales del caribe, cajas de cartón despedazadas, cadáveres de ratas, gatos, y perros callejeros; fragmentos de cristal con los bordes afilados para rasgar su rastro por donde pasan, muebles viejos, juguetes despedazados por niños violentos, cientos de baterías de distintos tamaños y voltajes que sudan un líquido viscoso y rojizo, ácido y asesino. Llueve. Se acumulan los desechos, las calles se ven abandonadas y sólo en las esquinas se puede descubrir la presencia humana. cientos de figuras apelmazadas debajo de un toldo verde que parece negro y del cual se descuelgan cascadas que mojan a los débiles, a los que no tienen la fuerza para empujar, meter los codos y hacerse un hueco debajo de la tela protectora. No hay paraguas. Los busco con la mirada pero no encuentro uno solo. Es como si la gente hubiera decidido hoy, bajo esta lluvia tenaz, constante y ruidosa, que no vale la pena aventurarse sin compañía en la calle, que no es necesario explorar el mundo ahora, bajo este torrente de agua ácida que cuando toca la piel deja una huella discreta pero dolorosa, ardiente.

Llueve.

Adriano sí que se acuerda.

Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar es la última adquisición de mi memoria. Lo había medio leído en la universidad pero, la verdad, en ese entonces no debo haber pasado de la cuarta parte del libro.

Me parecía pesado y difícil, denso. Pero hace un par de fines de semana lo encontré y, desde que lo abrí, supe que tenía que leerlo completo. Es fascinante. Una larga carta del emperador romano que ya siente pasos en la azotea, es decir, vé la muerte abalanzarse sobre él y le escribe a quien eligió como sucesor: Marco Aurelio.

Los temas son infinitos. Más allá de simplemente contarnos acerca de su propia historia, nos habla como hombre de sus dudas, sus miedos y lor retazos de felicidad que tuvo. Habla del dolor que le provocó la muerte de su amado. Sí, en masuclino: amado. (me pregunto: si en esa época la homosexualidad estaba tan bien vista, cuándo fue que se volvió el demonio que durante tantos años ha sido, aunque ahora sólo parezca un lucifer de carnaval).

Adriano fue un gran hombre de su tiempo. Un humanista que supo cuándo luchar y cuándo dejar de hacerlo. Responsable de una de las grandes luchas en la Jerusalém de entonces y constructor incansable. Detuvo muchas guerras precisamente porque supo ser buen soldado y también supo escuchar a Plotina, la esposa del anterior emperador: Trajano. La historia es increíble, cómo no. pero lo mejor de todo es la literatura. La traducción que leí es de Cortazar y eso garantiza que cada una de las palabras y de las frases tenga esa musicalidad que tanto me gusta de nuestro idioma.

Me imagino que en francés también es una lectura exquisita.

Lo recomiendo mucho. Mucho.

Ah, cómo olvidar el epígrafe:

Animula, vagula, blandula,
Hospes, comesque, corporis;
Quæ nunc abibis in loca,
Pallidula, rigida, nudula

Pequeña alma, errante y encantadora
Invitada y compañera del cuerpo
Que pronto partirás a lugares
Oscuros, fríos, brumosos

¿Mi no entender?


Bueno, esta es una imagen que encontré en Cholula. Sigo yendo allá todos los fines de semana a dar una clase de campaña publicitaria y eso me permite encontrarme estas pequeñas joyas a las que ya me había acostumbrado. También acá la ciudad está plagada de ellas pero por alguna razón es más fácil encontrarlas allá. Ahora que, entender entender, sí entiendo lo del WII, que me parece una de las tantas cosas que me hubiera gustado poder disfrutar cuando era un chamaco.