La carretera que va hacia ninguna parte. Y no importa.


Siempre me ha gustado la imagen de dos viajeros que van a ninguna parte, que se dejan llevar por el camino y descubren que no hay procedencia ni destino que valgan una vez que te pusiste en marcha.
Pero en este caso, la carretera es mucho peor.
Cormac McCarthy es un escritor americano de mucho cuidado. Tiene las palabras llenas de una violencia que te pega en lo más profundo y que te deja callado por varias horas. Como Coetzee.
Él fue quien escribió el libro de “No country for old men” en el cual se basaron los hermanos Cohen para su película.
Con éste de la carretera obtuvo el premio pulitzer del 2007 y la verdad es que se lo merece con creces. Es una especie de novela de ciencia ficción que se desarrolla en un futuro nuclear. Todo ha desaparecido y sólo quedan cenizas sobre cenizas sobre la tierra. Algunos grupos de humanos caníbales vagan tratando de sobrevivir y entre ellos, un padre y su pequeño hijo que recorren la carretera abandonada mientras empujan un carrito del supermercado en busca de latas o cualquier alimento.
El destino final de su caminata es la costa, el mar, la salvación por excelencia porque, de algún modo, implica regresar al líquido amniótico de nuestra especie.

Es un libro sobrecogedor, triste, desolador, y a la vez, un cuento lleno de esperanza donde esa relación padre hijo se reduce a su expresión más básica, más primordial y más íntima. La cercanía de la muerte siempre provoca que se rompan todas las barreras.

No puedo quitarme de la cabeza una frase del libro: Recordamos lo que queremos olvidar y olvidamos lo que quisiéramos recordar.
Uf.

Los tubos y su metafísica particular.


No, no estoy hablando de los tubos para hacerse rulos en el cabello, que también son muy particulares y tienen su propia metafísica, sino del libro de Amelie Nothomb: “Metafísica de los tubos”.
Ella es una escritora muy particular. De familia Belga, pero nacida y criada en Japón. Resulta ser una de esas personas que son extranjeras en todas partes y ciudadanas de ninguna. Ganó el premio de novela de la Academia Francesa con otro de sus libros: “Estupor y temblores”, (ya lo tengo en la lista), lo que siempre es una buena recomendación ( como “ Las benévolas”, de Jonathan Littel, y del que ya he hablado, o más bien escrito algo, antes).
El caso es que la metafísica esa de los tubos me golpeó como cuando en un día de mucho calor entras de golpe a un supermercado con al aire acondicionado al máximo. Es un librito corto y sencillo pero con un poder avasallador. Sus palabras son directas, fuertes y contundentes. Sorprende todo el tiempo. A veces no sabes si reírte o quedarte con la boca abierta por lo que acabas de escuchar.
En ella, Amelie narra su infancia, su cualidad de semi-dios en el mundo japons, donde los niños, según cuenta, son tratados como tales.
Lo que más me gustó fue la personalidad de la protagonista, su voz. Es agresiva y descarada, cruda y mordaz. Ácida. Me recordó muchísimo a la del personaje central de una novela muy parecida a ésta pero más dura: “¿Cómo me hice monja?” de César Aira, un gran escritor argentino del que se sabe poco.

En ambos casos no puedes dejar de leer por lo fascinante de las palabras que pronuncia el narrador. Es agresivo, mala onda, irónico, sarcástico y, en buena medida, un personaje de nuestro tiempo: el que ya no cree en nada y no respeta nada, más que a su propio egoismo. Y eso a veces.
Lo recomiendo mucho y, como ya dije, habrá que seguir leyendo a esta Amelie Nothomb.