Pirámides. Siempre sorpresivas. Quiahuiztlan.

Me llevé una grata sorpresa, muy grata, cuando conocí Quiahuiztlán en Veracruz. Se trata de una de las ruinas prehispánicas que más me han impresionado. No se trata de que sean enormes, como la pirámide de sol o la de la luna sino todo lo contrario. De entrada es un lugar privilegiado por la naturaleza. Está a muy pocos kilómetros de la ciudad de Veracruz. Tanto de la nueva como de la vieja, la que se llama Antigua. Ahí hay un peñón muy alto y delgado. Las nubes lo envuelven como silo estuvieran acariciando. Subes en el carro y a medio peñón encuentras la ciudad derruida.
La vista desde las alturas es impresionante. Puedes disfrutar un horizonte de mar, playas y lagunas que parece fabricado ex profeso para una película fantástica, onda el señor de los anillos y esas. Pero lo mejor no es el paisaje sino lo que ves ahí. De veras.

Quiahuiztlán está plagado de tumbas. Pro lo fantástico es que estos enterramientos son completamente diferentes de lo que estamos acostumbrados. Se trata de pequeños templos con nichos donde se colocaban los restos u ofrendas. Vaya usted a saber. El caso es que cuando entras, te parece que estás caminando no entre unas ruinas sino en una maqueta en miniatura de una ciudad precolombina. Es impresinante. Vean las fotos. Cada uno de los templos es como de un metro de alto. Parece que lo hubieran hecho a propósito para que nos sintiéramos gigantes frente a la inmensidad del peñón, que nos hace parecer más pequeños que nunca.

Según Wikipedia, Quiahuixtlan quiere decir el lugar de la lluvia. A mí no me llovió pero hubiera estado rico, porque el calor era insoportable.

Muy recomendable visitarlo. Para ir, basta llegar a Veracruz y luego tomar la carretera que va a la Antigua. A partir de ahí, seguir hacia Laguna Verde, la central nuclear, y a unos quince kilómetros de Antigua van a ver el peñón a su izquierda. Ahí está la desviación.

¿Cómo me enteré? Fácil, me lo dijo un extranjero. Ya saben que a veces ellos saben más de nuestro país que nosotros mismos. Como sucede en todas partes. Porque cuando yo he sido extranjero en otros países, como cuando viví en Puerto Ricio, yo conocía más de la isla que ellos mismos.

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Así que digamos muy benévolas, pues no. Más bien Littell benévolas.


Primero leí los dos enormes tomos de “La guerra civil española” en versión de Hugh Thomas. Lo hice a pesar de que se trataba de bastante más de 1500 páginas ( mi papá, al verlo, sólo dijo: “se necesita tener mucho amor por la lectura”), la referencia de que ese libro había obtenido el premio Pulitzer me pareció irresistible. Hugh Thomas ya me había impresionado antes cuando leí “La conquista de México”. Obviamente tiene una carga ideológica muy particular, pues se trata de un historiador inglés y eso no lo puede evitar. Sin embargo, tanto con la conquista como con la guerra civil, aprendí mucho de mi pasado como ciudadano latinoamericano desde una perspectiva medianamente objetiva y foránea, que siempre aporta. Son dos herencias que se manifiestan a mi alrededor todo el tiempo de las maneras más sutiles, más obvias y más descaradas.
Eventualmente te das cuenta de cómo la historia arrastra muchas veces a la gente en vez de que sea la gente la que la construya con sus actos. Aunque, claro, los actos están ahí, son hechos, y lo determinan todo.

Sin embargo, al terminar de leer las benévolas, de Jonathan Littell, entendí muchas otras cosas. Es una novela increíble. De entrada, la postura de un oficial de las SS acerca de la guerra y lo que le pasó a él, me pareció atractiva. Al fin y al cabo, después de leer el diario de Ana Frank y de tantos y tantos otros libros sobre el sufrimiento de quienes tuvieron la desgracia de pisar un campo de concentración del lado equivocado de las alambradas (interesante y también ganadora del pulitzer, MAUS, la novela gràfica de Art Spiegelman que convierte a los nazis en gatos, a los judíos en ratones, a los polacos en cerdos y a los gringos en, ¿qué más?: perros), la visión de los “malos” no debe ser pasada por alto.
El lenguaje es brutal, descarnado dirían. Habla con un desparpajo violento, sin pelos en la lengua. La postura del narrador, un doctor en derecho que entra, por azares del destino, a las SS y poco a poco va escalando puestos sin quererlo, es aterradora. No se arrepiente de nada. En resumidas cuentas, plantea al mundo como una mierda y a la gente, del bando que sea, como unos seres que en realidad está indefensos frente al poder de la historia que es, casi casi, como un Tsunami que se lo lleva todo por delante.

Maximilian Aue, el protagonista, es un tecnócrata que nos muestra cómo, al “despersonalizar” la masacre e industrializarla, todo se vuelve peor. Ora sí que la sangre fría necesaria te congela el alma.

Y por supuesto, es una demostración de que al no tomar ninguna postura estás tomando la peor de todas.